San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

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Primera Lectura Jer 26:11-16, 24

Entonces los sacerdotes y los profetas hablaron a los príncipes y a todo el pueblo, diciendo: “Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como habéis oído con vuestros propios oídos.” Jeremías respondió a todos los príncipes y a todo el pueblo: “Es Yahvé quien me ha enviado para profetizar contra esta Casa y contra esta ciudad todas las cosas que acabáis de oír. Enmendad ahora vuestra conducta y vuestras obras, y escuchad la voz de Yahvé, vuestro Dios, y Yahvé se arrepentirá del mal que ha profetizado contra vosotros. En cuanto a mí, he aquí que estoy en vuestras manos; haced conmigo lo que os parezca recto y justo. Pero tened por cierto que, si me matáis, traeréis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad, y sobre sus habitantes; pues en verdad Yahvé me ha enviado a vosotros para intimar a vuestros oídos todas estas palabras.” Entonces los príncipes y todo el pueblo dijeron a los sacerdotes y a los profetas: “Este hombre no es reo de muerte; pues nos ha hablado en Nombre de Yahvé, Dios nuestro.”

En realidad fue la mano de Ahicam hijo de Safán, la que sostuvo a Jeremías a fin de evitar que le entregasen en poder del pueblo para darle muerte.

Salmo Responsorial Sal 69:15-16, 30-31, 33-34

Sácame del lodo, no sea que me sumerja. Líbrame de los que me odian y de la hondura de las aguas. No me arrastre la corriente de las aguas, ni me trague el abismo, ni el pozo cierre sobre mí su boca.

Yo soy miserable y doliente, mas tu auxilio, oh Dios, me defenderá. Alabaré el nombre de Dios en un cántico, le ensalzaré en un himno de gratitud;

Vedlo, oh humildes, y alegraos, y reviva el corazón de los que buscáis a Dios. Porque Yahvé escucha a los pobres, y no desprecia a sus cautivos.

Evangelio Mt 14:1-12

En aquel tiempo, Herodes el tetrarca oyó hablar de Jesús, y dijo a sus servidores: “Este es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las virtudes operan en él”. Porque Herodes había prendido a Juan, encadenándolo y puesto en prisión, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Pues Juan le decía: “No te es permitido tenerla”. Y quería quitarle la vida, pero temía al pueblo, que lo consideraba como profeta. Mas en el aniversario del nacimiento de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de los convidados y agradó a Herodes, quien le prometió, con juramento, darle lo que pidiese. Y ella instruida por su madre: “Dame aquí, dijo, sobre un plato, la cabeza de Juan el Bautista”. A pesar de que se afligió el rey, en atención a su juramento, y a los convidados, ordenó que se le diese. Envió, pues, a decapitar a Juan en la cárcel. Y la cabeza de este fue traída sobre un plato, y dada a la muchacha, la cual la llevó a su madre. Sus discípulos vinieron, se llevaron el cuerpo y lo sepultaron; luego fueron a informar a Jesús.