Primera Lectura 1Cor 1:26-31
Mirad, por ejemplo, hermanos, la vocación vuestra: no hay (entre vosotros) muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles, sino que Dios ha escogido lo insensato del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a los fuertes; y lo vil del mundo y lo despreciado ha escogido Dios, y aun lo que no es, para destruir lo que es; a fin de que delante de Dios no se gloríe ninguna carne. Por Él sois (lo que sois) en Cristo Jesús. Él fue hecho por Dios sabiduría, justicia, santificación y redención para nosotros, a fin de que, según está escrito, “el que se gloria, gloríese en el Señor”.
Salmo Responsorial Sal 33:12-13, 18-19, 20-21
12. ¡Dichoso el pueblo que tiene por Dios a Yahvé, dichoso el pueblo que Él escogió para herencia suya! Yahvé mira desde lo alto de los cielos, ve a todos los hijos de los hombres.
Mas los ojos de Yahvé velan por los que le temen, por los que esperan de su misericordia, que ha de librar sus almas de la muerte, y alimentarlos en el tiempo de hambre.
Nuestra alma cuenta con Yahvé; Él es nuestra ayuda y nuestro escudo. En Él se regocija nuestro corazón, y en su santo Nombre confiamos.
Evangelio Mc 6:17-29
Herodes, en efecto, había mandado arrestar a Juan, y lo había encadenado en la cárcel, a causa de Herodías, la mujer de Filipo, su hermano, pues la había tomado por su mujer. Porque Juan decía a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. Herodías le guardaba rencor, y quería hacerlo morir, y no podía. Porque Herodes tenía respeto por Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y lo amparaba: al oírlo se quedaba muy perplejo y sin embargo lo escuchaba con gusto. Llegó, empero, una ocasión favorable, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un festín a sus grandes, a los oficiales, y a los personajes de Galilea. Entró (en esta ocasión) la hija de Herodías y se congració por sus danzas con Herodes y los convidados. Dijo, entonces, el rey a la muchacha. “Pídeme lo que quieras, yo te lo daré”. Y le juró: “Todo lo que me pidas, te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella salió y preguntó a su madre: “¿Qué he de pedir?” Esta dijo: “La cabeza de Juan el Bautista”. Y entrando luego a prisa ante el rey, le hizo su petición: “Quiero que al instante me des sobre un plato la cabeza de Juan el Bautista”. Se afligió mucho el rey; pero en atención a su juramento y a los convidados, no quiso rechazarla. Acto continuo envió, pues, el rey un verdugo, ordenándole traer la cabeza de Juan. Este fue, lo decapitó en la prisión, y trajo sobre un plato la cabeza que entregó a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. Sus discípulos luego que lo supieron, vinieron a llevarse el cuerpo y lo pusieron en un sepulcro.