XV Domingo del Tiempo Ordinario

Copiado al portapapeles

Abre Facebook y pégalo en tu publicación.

Primera Lectura Is 55:10-11

Como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, y la fecundan y hacen germinar, para que dé simiente al que siembra, y pan al que come; así será la palabra mía que sale de mi boca: no volverá a Mí sin fruto, sin haber obrado lo que Yo quería, y ejecutado aquellas cosas que Yo le ordenara.

Salmo Responsorial Sal 65:10, 11, 12-13, 14

Has visitado la tierra, la has embriagado y colmado de riquezas. El río de Dios rebosa de aguas; Tú preparas sus trigales, aparejando la tierra,

regando sus surcos, y allanando sus terrones; las ablandas con lluvias, y fecundas sus gérmenes.

Coronas de benignidad el año, y tus huellas destilan grosura. Las praderas del desierto destilan, y los collados se visten de exultación.

Llenos están los campos de rebaños, y los valles se cubren de mieses; se alegran y cantan.

Segunda Lectura Rom 8:18-23

Estimo, pues que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios; pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió; pero con esperanza, porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para (participar de) la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto. Y no tan solo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo.

Evangelio Mt 13:1-23

En aquel día, Jesús salió de casa y se sentó a la orilla del mar. Y se reunieron junto a Él muchedumbres tan numerosas, que hubo de entrar en una barca y sentarse, mientras que toda la gente se colocaba sobre la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas diciendo: “He ahí que el sembrador salió a sembrar. Y, al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino, y los pájaros vinieron y las comieron. Otras cayeron en lugares pedregosos, donde no tenían mucha tierra, y brotaron en seguida por no estar hondas en la tierra. Y cuando el sol se levantó, se abrasaron, y no teniendo raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos, y los abrojos, creciendo, las ahogaron. Otras cayeron sobre tierra buena, y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. 9. ¡Quien tiene oídos, oiga!” Aproximáronse sus discípulos y le dijeron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Respondioles y dijo: “A vosotros es dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero no a ellos. Porque a quien tiene, se le dará y tendrá abundancia; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni comprenden. Para ellos se cumple esa profecía de Isaías: “Oiréis pero no comprenderéis, veréis y no conoceréis. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, y sus oídos oyen mal, y cierran los ojos, de miedo que vean con sus ojos, y oigan con sus oídos, y comprendan con su corazón, y se conviertan, y Yo los sane”. Pero vosotros, ¡felices de vuestros ojos porque ven, vuestros oídos porque oyen! En verdad, os digo, muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; oír lo que vosotros oís y no lo oyeron”. “Escuchad pues, vosotros la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la palabra del reino y no la comprende, que viene el maligno y arrebata lo que ha sido sembrado en su corazón: este es el sembrado a lo largo del camino. El sembrado en pedregales, este es el hombre que, oyendo la palabra, en seguida la recibe con alegría; pero no teniendo raíz en sí mismo, es de corta duración, y cuando llega la tribulación o la persecución por causa de la palabra, al punto se escandaliza. El sembrado entre los abrojos, este es el hombre que oye la palabra, pero la preocupación de este siglo y el engaño de las riquezas sofocan la palabra, y ella queda sin fruto. Pero el sembrado en tierra buena, este es el hombre que oye la palabra y la comprende: él sí que fructifica y produce ya ciento, ya sesenta, ya treinta”. .