Primera Lectura Eclo 2:7-11
Vosotros los temerosos del Señor, aguardad su misericordia; nunca os desviéis de Él, porque no caigáis. Los que teméis al Señor, creed a Él; pues no se malogrará vuestro galardón. Los que teméis al Señor, esperad en Él; que su misericordia vendrá a consolaros. Los que teméis al Señor, amadle y serán iluminados vuestros corazones. Contemplad, hijos, las generaciones de los hombres: y veréis cómo ninguno, que confió en el Señor, quedó burlado.
Salmo Responsorial Sal 112:1-2, 3-4, 5-6, 7-8, 9
1. ¡Hallelú Yah! Dichoso el hombre que teme a Yahvé, en sus preceptos halla el sumo deleite. Su descendencia será poderosa sobre la tierra; la estirpe de los rectos es bendecida.
En su casa hay bienestar y abundancia, y su justicia permanece para siempre. Para los rectos brilla una luz en las tinieblas: el Clemente, el Misericordioso, el Justo.
Bien le va al hombre que se compadece y presta; reglará sus negocios con discreción; nunca resbalará; el justo quedará en memoria eterna.
No temerá malas nuevas; su corazón está firme, confiado en Yahvé. Su ánimo es constante, impávido, hasta ver confundidos a sus adversarios.
Distribuye y da a los pobres largamente; su justicia permanece para siempre, su triunfo será exaltado con gloria.
Evangelio Lc 12:32-34
No tengas temor, pequeño rebaño mío, porque plugo a vuestro Padre daros el Reino. Vended aquello que poseéis y dad limosna. Haceos bolsas que no se envejecen, un tesoro inagotable en los cielos, donde el ladrón no llega, y donde la polilla no destruye. Porque allí donde está vuestro tesoro, allí también está vuestro corazón”.