Primera Lectura 2Cor 5:14-20
Porque el amor de Cristo nos apremia cuando pensamos que Él, único, sufrió la muerte por todos y que así (en Él) todos murieron. Y si por todos murió, es para que los vivos no vivan ya para sí mismos, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó. De manera que desde ahora nosotros no conocemos a nadie según la carne; y aun a Cristo si lo hemos conocido según la carne, ahora ya no lo conocemos (así). Por tanto, si alguno vive en Cristo, es una creatura nueva. Lo viejo pasó: he aquí que se ha hecho nuevo. Y todo esto es obra de Dios, quien nos reconcilió consigo por medio de Cristo, y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación; como que en Cristo estaba Dios, reconciliando consigo al mundo, no imputándoles los delitos de ellos, y poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos pues, embajadores (de Dios) en lugar de Cristo, como si Dios exhortase por medio de nosotros. De parte de Cristo os suplicamos: Reconciliaos con Dios.
Salmo Responsorial Sal 16:1b-2a, 5, 7-8, 11
Presérvame, oh Dios, pues me refugio en Ti; dije a Yahvé: “Tú eres mi Señor, no hay bien para mí fuera de Ti”.
Yahvé es la porción de mi herencia y de mi cáliz; Tú tienes en tus manos mi suerte.
Bendeciré a Yahvé, porque me (lo) hizo entender, y aun durante la noche me (lo) enseña mi corazón. Tengo siempre a Yahvé ante mis ojos, porque con Él a mi diestra no seré conmovido.
Tú me harás conocer la senda de la vida, la plenitud del gozo a la vista de tu rostro, las eternas delicias de tu diestra.
Evangelio Lc 9:57-62
Cuando iban caminando, alguien le dijo: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le dijo: “Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Dijo a otro: “Sígueme”. Este le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Respondiole: “Deja a los muertos enterrar a sus muertos; tú, ve a anunciar el reino de Dios”. Otro más le dijo: “Te seguiré, Señor, pero permíteme primero decir adiós a los de mi casa”. Jesús le dijo: “Ninguno que pone mano al arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.